TAMBIÉN SONÓ EL CLARÍN DE GUERRA PARA LA MUJER CUBANA por Teresa Fernández Soneira
TAMBIÉN SONÓ EL CLARÍN DE GUERRA PARA LA MUJER CUBANA
«Las muchachas permanecían en casa eternamente cosiendo estrellas solitarias
en cintas azules, bajo la tierna y firme custodia de su madre».i
Teresa Fernández Soneira
Este 2026 se cumplen 131 años en que dio comienzo la guerra del 1895. Muchos se preparaban para ir a la contienda, y entre ellos estaba Manuel Arbelo quien en secreto planificó su ida para unirse al Ejército Libertador sin decirle a nadie sus planes, ni siquiera a su esposa. «Aunque sentía un deseo urgente de discutir el asunto con ella», recordaba Arbelo años más tarde, «no podía entablar esa conversación porque me ponía a pensar en la situación en que se encontraría mi esposa como resultado de mi ausencia. Se quedaría sin recursos de ningún tipo, sin tener nada para vivir, en una sociedad despreocupada de la que no se podía esperar nada». Pero la esposa, entendiendo por qué el esposo estaba tan callado, se enfrentó al problema. «Un día, relata Arbelo, ella me dijo con gran serenidad: ‘si quieres unirte a la Revolución, no lo dudes por mi causa, porque si comparamos mi labor con la de la independencia de Cuba, no hago nada significativo’. Me dejó sin palabras –dice Arbelo– admirando el valor y la resignación de aquella mujer frágil que no tenía forma de mantenerse sino por su esposo. No le dije nada, y a la mañana siguiente me desperté y me vestí sin hacer ruido, caminé en puntillas por la habitación en la que mi esposa dormía, y mirándola le dije adiós. Abrí la puerta de la casa y salí a la calle»ii. Pena que Arbelo no dejó documentado en sus memorias el nombre de su esposa, una verdadera patriota que se enfrentaba a un futuro incierto, y con la posibilidad de no ver de nuevo a su esposo. Eso mismo pasaría con muchos otros patriotas que omitieron los nombres de sus esposas o madres en los relatos de la guerra.
Flora Basulto de Montoya cuenta en sus memorias:iii «Era a fines de julio de 1895 cuando mi padre sigilosamente salió para el campo insurrecto […]. No volvería a la ciudad sino cuando Cuba obtuviera su independencia, con la terminación de la guerra. Esa madrugada quedó grabada en mi mente con caracteres indelebles […]. ‘Silencio’, repetía mi madre –aunque realmente nadie hablaba». Como muchas mujeres cubanas, la madre de Flora había tenido que enfrentarse sola a muchas situaciones peligrosas al irse el esposo a la manigua. «Temblaba pensando en el registro ordenado», dice Basulto. «Veía a mi madre cada noche, cuando los otros niños dormían, confeccionar toda clase de prendas de vestir, cosía en la maquina; cosía y cosía; pero esas prendas no las vestíamos, sino que eran encerradas en sendos paquetes y depositadas en el fondo o sobre de un escaparate. ¡Como lo recuerdo! Cada mañana miraba para ver si los seres maléficos se habían llevado el paquete de la noche anterior, y le daba gracias a Dios de todo corazón cuando los veía allí. Pero al fin desaparecían no sé cómo; era algo así como la tela de Penélope»iv.
Y sigue Flora el relato: «al otro día tempranito vieron cuando eran entregados al moreno que hacía poco había comenzado a recoger la basura, quien los colocó entre los desechos acumulados en su carretón, y que luego dejaba en una quinta de las afueras, donde eran recogidos por otros que, como ellos, eran comunicantes, o sea, colaboradores de los mambises. De todas formas, a los niños mayorcitos hubo que explicarles lo que pasaba, que ésa era la forma de enviar ayuda e información a los cubanos que ya estaban combatiendo: ¡Menos mal que nunca vieron al abuelo entregarle cartas y periódicos... al yerbero! Nápoles, el Gordito, entraba en la ciudad, y cuidadosamente ocultaba entre los mazos de yerba para los caballos que permanecían en las caballerizas de la casa, documentación del gobierno cubano, y llevaba a las tropas informes de todo tipo, reunidos por colaboradores».
Y hubo casos como el de esta mujer cubana del siguiente poema que estaba dispuesta a la muerte de ella y de sus hijos.
La Madrev
Cuando llegó la madre al campamento
ya lo habían fusilado.
Y aquellos hombres fuertes, duros,
aquellos hombres bravos,
al verla allí tan firme,
tan erguida y profunda,
lloraron…
¡No! ¡No!, dijo la madre.
sé que lo fusilaron
¡por traidor a la Patria!
Y aquí vienen conmigo
dos hijos más, que son también soldados.
No vine a pedir nada para el otro
¡está bien fusilado!
Vine a pedir, tan solo,
que si estos dos que me acompañan
alguna vez traicionan a la patria,
¡los fusiléis también!
Y mirando a sus hijos,
fuertemente mirándolos,
les dijo: ¡Vamos!
La Madrev
Cuando llegó la madre al campamento
ya lo habían fusilado.
Y aquellos hombres fuertes, duros,
aquellos hombres bravos,
al verla allí tan firme,
tan erguida y profunda,
lloraron…
¡No! ¡No!, dijo la madre.
sé que lo fusilaron
¡por traidor a la Patria!
Y aquí vienen conmigo
dos hijos más, que son también soldados.
No vine a pedir nada para el otro
¡está bien fusilado!
Vine a pedir, tan solo,
que si estos dos que me acompañan
alguna vez traicionan a la patria,
¡los fusiléis también!
Y mirando a sus hijos,
fuertemente mirándolos,
les dijo: ¡Vamos!
Por desidia y por falta de interés en dejar constancia de la labor de las mujeres, pocos han sido los testimonios que nos han quedado de su valentía y sacrificio. Pero aún se pueden encontrar algunos relatos como el de Grover Flint, un reportero norteamericano, corresponsal de guerra para el New York Journal, quien dejó en sus crónicas lo que vio en aquellos días en Cuba. Dice Flint:
«Hay mujeres, la mayoría negras, con algunas de las fuerzas locales pequeñas, quienes han seguido a sus esposos, compartiendo las inconveniencias de los campamentos en movimiento y las oportunidades de ser impactadas por una bala perdida». Y sigue narrando: «Llevan machetes como herramientas en vez de armas, se visten con pantalones o ropas interiores, y duermen en hamacas o en pedazos de telas de goma en la tierra; pero no pelean en las batallas con rifle o pistola como los hombres, porque ellas forman parte de la impedimenta. Se quedan en la impedimenta cuando los ataques suceden. Gómez no está de acuerdo en tener mujeres en la manigua y le llama un ‘escándalo’.vi El viejo no permite ni siquiera a las heroínas en su campamento»vii. ¡Que mente tan cerrada la de Gómez y la de otros militares de aquella época! A pesar de eso, las mujeres lucharon, curaron, amaron, cocinaron, les lavaron las ropas a los soldados, cuidaron de los hijos de todos ellos, y sus actos heroicos, aunque no todos, han quedado en nuestra historia para la posteridad.
El historiador holguinero, José Abreu Cardet,viii aclara que en Holguín se alzaron «aunque inicialmente con menor intensidad que en otros lugares, pues un grupo de veteranos del 68 estaba comprometido con Antonio Maceo, y esperaba la llegada de este para alzarse», pero a partir del 24 de febrero comienzan a producirse alzamientos […]». Y un dato importante nos dice Cardet, «la mujer estará presente en el alzamiento: el médico Faustino Sirvén, se alza y lo acompaña su hermana, la señorita Mercedes Sirvén Pérez-Puelles quien se acaba de graduar de farmacia, y carga con su botiquín y todo los medicamentos de su farmacia para la manigua. También Alcibíades de la Peña, graduado de la Universidad de Oviedo en España, […] de antigua y rica familia holguinera, se va con su esposa, la señora Aniceta García y española de nacimiento. Ella prestó estimables servicios a la Revoluciónix […]. Y lo mismo hizo Primitivo Aguilera, a quien acompañaba su joven esposa, Angelita González Tort (1879-1946), valerosa mujer que expuso muchas veces su vida y la de sus hijos quienes murieron peleando en la contienda, y sirvió de enfermera a muchos heridos».x
En cuanto al Occidente de Cuba, el primer grito de independencia en Pinar del Río fue dado por quince patriotas el 23 de septiembre de 1895 en Las Martinas. De allí fueron a La Grifa y a Paso Real de Guane donde conferenciaron con la patriota Isabel Rubio y, habiéndoles informado que la expedición esperada no había llegado a Dimas, se disolvieron.xi En el extremo occidental de Vueltabajo y en Guane fue donde Isabel Rubio inició los trabajos encaminados a formar núcleos de patriotas dispuestos a tomar las armas tan pronto como sonase el clarín de guerra.
De Consolación del Sur era Catalina Valdés, quien se va a la guerra con su esposo y sus diez hijos, y en Arroyo de Agua establece un campamento que convierte en hospital de sangrexii. Y en Pinar, Magdalena Peñarredonda trabaja con el sacerdote Guillermo González Arocha, párroco de Artemisa, hasta las altas horas de la noche recolectando armas y alimentos para los alzados, y en el cementerio cercano a la parroquia de Artemisa dejaban los paquetes para luego ser recogidos por los mambises. En Vueltabajo está la capitana Adela Azcuy, y también está Luz Noriega, “la reina de Cuba” como la llamaba Maceo, quien era enfermera, y que presencia cuando los españoles matan a su esposo que era médico, mientras curaba a un herido. Y así otras más a quienes se les vio luchar junto a los hombres.
No pocos niños nacieron en los campamentos insurrectos, pero dar a luz en la manigua podía devenir en una verdadera tragedia. Las penurias de la vida insurrecta detuvieron el flujo de leche materna por lo que la subsistencia de los niños se convirtió en una desgracia. En Camagüey un mambí descubre una escena dolorosa: «[…] solamente hallamos en este [bohío] a una pobre patriota sumamente extenuada que tenía en una cama de cujes a un niño como de 3 o 4 años, convertido en un esqueleto con vida. Al preguntarle el general Díaz de Villegas que qué era lo que tenía el niño, ella le contestó: ‘se muere de necesidad; hace pocos días se me murió uno de año y medio […]’. Al aconsejarle que se presentara, o sea, que se entregara a los españoles, colérica contestó: ‘¡no, jamás!’»xiii. La dignidad estaba por encima de todo. Ella se sacrificaba y sacrificaba a sus hijos antes que entregarse a los españoles.
En diciembre de 1895, los Generales Gómez y Maceo, lanzaron la siguiente proclama a los cubanos de Occidente de la que les dejo este párrafo:
A LOS CUBANOS:
Habitantes de Occidente […] «La guerra será dura y desoladora, pues así lo quiere el tirano; y hay más dignificación y grandeza para los pueblos y los hombres en vivir libres, aunque pobres, que no ricos y acomodados en el hogar mancillado por la servidumbre y el oprobio».
[…] «¡Cubanos! Hay un pueblo cuya página en la Historia de esta hermosa tierra es brillante. Bayamo fue incendiado por sus propios hijos antes que Valmaseda profanara una vez más sus hogares. Eso es ser cubano: eso es ser hombre».
«¡Pueblos de Occidente, a las armas!» «¡Viva la República para todos los hombres trabajadores y honrados!»
Boca del Toro, Las Villas, 11 de diciembre de 1895.xiv
Era el comienzo del final. Y allí estaban nuestras mujeres.
«Hay mujeres, la mayoría negras, con algunas de las fuerzas locales pequeñas, quienes han seguido a sus esposos, compartiendo las inconveniencias de los campamentos en movimiento y las oportunidades de ser impactadas por una bala perdida». Y sigue narrando: «Llevan machetes como herramientas en vez de armas, se visten con pantalones o ropas interiores, y duermen en hamacas o en pedazos de telas de goma en la tierra; pero no pelean en las batallas con rifle o pistola como los hombres, porque ellas forman parte de la impedimenta. Se quedan en la impedimenta cuando los ataques suceden. Gómez no está de acuerdo en tener mujeres en la manigua y le llama un ‘escándalo’.vi El viejo no permite ni siquiera a las heroínas en su campamento»vii. ¡Que mente tan cerrada la de Gómez y la de otros militares de aquella época! A pesar de eso, las mujeres lucharon, curaron, amaron, cocinaron, les lavaron las ropas a los soldados, cuidaron de los hijos de todos ellos, y sus actos heroicos, aunque no todos, han quedado en nuestra historia para la posteridad.
El historiador holguinero, José Abreu Cardet,viii aclara que en Holguín se alzaron «aunque inicialmente con menor intensidad que en otros lugares, pues un grupo de veteranos del 68 estaba comprometido con Antonio Maceo, y esperaba la llegada de este para alzarse», pero a partir del 24 de febrero comienzan a producirse alzamientos […]». Y un dato importante nos dice Cardet, «la mujer estará presente en el alzamiento: el médico Faustino Sirvén, se alza y lo acompaña su hermana, la señorita Mercedes Sirvén Pérez-Puelles quien se acaba de graduar de farmacia, y carga con su botiquín y todo los medicamentos de su farmacia para la manigua. También Alcibíades de la Peña, graduado de la Universidad de Oviedo en España, […] de antigua y rica familia holguinera, se va con su esposa, la señora Aniceta García y española de nacimiento. Ella prestó estimables servicios a la Revoluciónix […]. Y lo mismo hizo Primitivo Aguilera, a quien acompañaba su joven esposa, Angelita González Tort (1879-1946), valerosa mujer que expuso muchas veces su vida y la de sus hijos quienes murieron peleando en la contienda, y sirvió de enfermera a muchos heridos».x
En cuanto al Occidente de Cuba, el primer grito de independencia en Pinar del Río fue dado por quince patriotas el 23 de septiembre de 1895 en Las Martinas. De allí fueron a La Grifa y a Paso Real de Guane donde conferenciaron con la patriota Isabel Rubio y, habiéndoles informado que la expedición esperada no había llegado a Dimas, se disolvieron.xi En el extremo occidental de Vueltabajo y en Guane fue donde Isabel Rubio inició los trabajos encaminados a formar núcleos de patriotas dispuestos a tomar las armas tan pronto como sonase el clarín de guerra.
De Consolación del Sur era Catalina Valdés, quien se va a la guerra con su esposo y sus diez hijos, y en Arroyo de Agua establece un campamento que convierte en hospital de sangrexii. Y en Pinar, Magdalena Peñarredonda trabaja con el sacerdote Guillermo González Arocha, párroco de Artemisa, hasta las altas horas de la noche recolectando armas y alimentos para los alzados, y en el cementerio cercano a la parroquia de Artemisa dejaban los paquetes para luego ser recogidos por los mambises. En Vueltabajo está la capitana Adela Azcuy, y también está Luz Noriega, “la reina de Cuba” como la llamaba Maceo, quien era enfermera, y que presencia cuando los españoles matan a su esposo que era médico, mientras curaba a un herido. Y así otras más a quienes se les vio luchar junto a los hombres.
No pocos niños nacieron en los campamentos insurrectos, pero dar a luz en la manigua podía devenir en una verdadera tragedia. Las penurias de la vida insurrecta detuvieron el flujo de leche materna por lo que la subsistencia de los niños se convirtió en una desgracia. En Camagüey un mambí descubre una escena dolorosa: «[…] solamente hallamos en este [bohío] a una pobre patriota sumamente extenuada que tenía en una cama de cujes a un niño como de 3 o 4 años, convertido en un esqueleto con vida. Al preguntarle el general Díaz de Villegas que qué era lo que tenía el niño, ella le contestó: ‘se muere de necesidad; hace pocos días se me murió uno de año y medio […]’. Al aconsejarle que se presentara, o sea, que se entregara a los españoles, colérica contestó: ‘¡no, jamás!’»xiii. La dignidad estaba por encima de todo. Ella se sacrificaba y sacrificaba a sus hijos antes que entregarse a los españoles.
En diciembre de 1895, los Generales Gómez y Maceo, lanzaron la siguiente proclama a los cubanos de Occidente de la que les dejo este párrafo:
A LOS CUBANOS:
Habitantes de Occidente […] «La guerra será dura y desoladora, pues así lo quiere el tirano; y hay más dignificación y grandeza para los pueblos y los hombres en vivir libres, aunque pobres, que no ricos y acomodados en el hogar mancillado por la servidumbre y el oprobio».
[…] «¡Cubanos! Hay un pueblo cuya página en la Historia de esta hermosa tierra es brillante. Bayamo fue incendiado por sus propios hijos antes que Valmaseda profanara una vez más sus hogares. Eso es ser cubano: eso es ser hombre».
«¡Pueblos de Occidente, a las armas!» «¡Viva la República para todos los hombres trabajadores y honrados!»
Boca del Toro, Las Villas, 11 de diciembre de 1895.xiv
Era el comienzo del final. Y allí estaban nuestras mujeres.
Fragmentos tomados del libro de Teresa Fernández Soneira, Mujeres de la Patria, contribución de la mujer a la independencia de Cuba, Ediciones Universal, Miami, vol. 1 2014 y vol. 2 2018.
Mujeres a la carga, lámina del libro
The Story of Cuba, de Murat Halstead,
The Werner Company, Akron, Ohio, 1898.
La patriota Magdalena Peñarredonda a la derecha con sombrero
y portando un abanico en la mano. A su lado el mayor general
Pedro Díaz, el coronel Augusto Arnao y varios de sus familiares.
Pinar del Río, 1900.
Adela Azcuy Labrador, Capitana del
Ejército Libertador, natural de Pinar del Río.
Foto tomada de Internet
NOTAS:
i Sylvie Boufartigue: «Mujeres en la narrativa de la Guerra de Independencia», Universidad de Saboya, Francia, XIV Encuentro de Latinoamericanistas Españoles, septiembre 2010.
ii Manuel Arbelo: «Recuerdos de la última Guerra de independencia de Cuba», pp. 24-25 en Louis A Pérez, To Die in Cuba, University of North Carolina Press, 2005
iii Flora Basulto de Montoya: «Una Niña Bajo Tres Banderas», Memorias, Editorial Juvenil, La Habana, 1963, p. 20
iv Ibídem, p. 10
v Manuel Navarro Luna: «Los poemas mambises», Ucar, García & Co., La Habana, 1959.
vi Énfasis en el original.
vii Grover Flint: «Marching with Gomez», Lamson, Wolffe and Co., New York, 1898, p. 88
viii José Abreu Cardet: «Alzamiento del 24 de febrero – Holguín», Archivo Nacional de la Nación, vol. CLXXXVI, Santo Domingo, R.D., 2013.
ix Constantino Pupo Aguilera: «Patriotas Holguineros», Holguín, 1956, p. 122
x Ibídem, p. 118.
xi P. Joaquín Gaiga: «Mantua Mambisa y Martiana; apuntes para la historia de Mantua», Colección Memoria, Ediciones Vitral, 2009, pp. 41-42.
xii Hospital de sangre les llamaban a los hospitales que establecían en lugares remotos de la manigua, con mínimos recursos para curar y cuidar enfermos y heridos.
xiii Francisco de Arredondo y Miranda: «Recuerdos de las guerras de Cuba, 1868-1871», La Habana, 1962, p. 111.
xiv Ramiro Guerra: «Historia Elemental de Cuba», Imprenta Siglo XX, La Habana 1921, pág. 245.


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