Los Pregoneros de La Habana: La Sinfonía Urbana que Despertaba la Ciudad
Los Pregoneros de La Habana
El amanecer habanero no llegaba en silencio. Mucho antes de que el sol tiñera de dorado las fachadas coloniales del Paseo del Prado, las calles ya resonaban con una melodía única, inconfundible, que solo existía en Cuba. "¡El mantequeeeeero!", gritaba una voz desde la esquina, alargando las vocales en una cadencia musical que despertaba a los vecinos con la misma dulzura con que una madre despierta a sus hijos. "¡Tamaleeees calientes!", respondía otra voz desde la cuadra siguiente. No eran simples vendedores ambulantes: eran los pregoneros, los trovadores del comercio cotidiano, los artistas anónimos que transformaban las necesidades básicas de la vida en una sinfonía urbana que definió el alma sonora de Cuba durante generaciones.
Los pregoneros fueron mucho más que vendedores callejeros. Desde la época colonial hasta mediados del siglo XX, estos personajes representaron el latido mismo de las ciudades cubanas, especialmente en La Habana, donde cada barrio tenía sus propios pregoneros reconocibles por su voz, su ritmo y su manera particular de anunciar sus mercancías. Herederos de una tradición que llegó con los españoles pero que se cubanizó profundamente, mezclando elementos africanos, caribeños y criollos, los pregoneros desarrollaron un arte único que iba más allá de la simple comunicación comercial. Cada pregón era una pequeña obra maestra de improvisación musical, una mezcla de canto, recitado y teatro que capturaba la atención y alegaba el corazón de quien lo escuchaba.
| Foto cortesía Library of Congress USA |
La variedad de pregones era tan amplia como las necesidades de la vida diaria. Estaba el lechero que pasaba al alba, con su carro tirado por un caballo y sus grandes peroles de leche fresca, cantando "¡Lecheeero, leche del díaaaa!" con una melodía que parecía más un aria de ópera que un anuncio comercial. Le seguía el vendedor de pan, cuyo pregón "¡Pan calientito, pan de mantecaaaa!" llegaba justo a tiempo para el desayuno. A media mañana aparecía el afilador de cuchillos con su característico silbato y su canto: "¡Afiladooooor, se afilan tijeras y cuchillos!" Por las tardes, el vendedor de helados con su carrito de madera pintada de colores vivos pregonaba "¡Heladoooo, de mantecado y chocolate!", y los niños salían corriendo con sus monedas apretadas en las manos.
Pero los pregoneros no solo vendían productos: vendían historias, conexión humana, sentido de comunidad. El manicero, inmortalizado en la canción de Moisés Simons que se convirtió en un estándar del jazz internacional, era mucho más que un vendedor de maní tostado. Con su cucurucho de papel periódico lleno de manises calientes y su pregón rítmico "¡Maníííí! ¡Se va el manicerooo!", era un cronista ambulante que conocía los chismes del barrio, las alegrías y las penas de sus clientes, los amores que florecían y las familias que crecían. El pregonero era confesor, mensajero, fuente de noticias y, en muchos casos, el único entretenimiento accesible para las familias más humildes.
La musicalidad de los pregones no era accidental ni improvisada sin sentido. Los pregoneros desarrollaban sus melodías cuidadosamente, buscando tonos que se proyectaran a distancia, ritmos que fueran fáciles de recordar y frases que rimaran o tuvieran aliteraciones pegajosas. Algunos pregones se transmitían de generación en generación, de padre a hijo, conservando melodías que tenían décadas o incluso siglos de antigüedad. Otros eran innovaciones personales, creaciones únicas de cada pregonero que buscaba distinguirse de la competencia. El resultado era un paisaje sonoro extraordinariamente rico, donde cada voz contribuía a una sinfonía colectiva que nunca se repetía exactamente igual pero que siempre era reconociblemente cubana.
| Foto cortesía Library of Congress USA |
Esta tradición oral y musical no pasó desapercibida para los compositores cultos de Cuba. Ernesto Lecuona, uno de los más grandes compositores cubanos de todos los tiempos, quedó tan fascinado por los pregones callejeros que compuso en 1933 su famosa obra "El pregonero de la calle", una suite para piano que recreaba con extraordinaria fidelidad los pregones que escuchaba desde su casa en La Habana. La obra capturaba perfectamente el ritmo sincopado del vendedor de frutas, la melodía melancólica del afilador y la alegría contagiosa del vendedor de flores. Lecuona no fue el único: compositores como Gonzalo Roig y Eliseo Grenet también incorporaron pregones a sus composiciones, reconociendo en ellos un tesoro de la cultura popular que merecía ser preservado y elevado a la categoría de arte. Los pregones saltaron de las calles habaneras a los teatros de Nueva York, París y Madrid, llevando consigo un pedazo del alma cubana.
Con el paso del tiempo y los cambios sociales que trajeron las décadas siguientes, los pregoneros fueron desapareciendo gradualmente de las calles cubanas. La llegada de la refrigeración doméstica, los supermercados, la radio y otros medios de comunicación masiva fueron haciendo innecesaria esa forma ancestral de comercio y comunicación. Pero su legado permanece vivo en la memoria colectiva del pueblo cubano, en las grabaciones que los inmortalizaron, en las composiciones de Lecuona y otros maestros, y especialmente en el corazón de quienes tuvieron la fortuna de crecer escuchando esas melodías matinales. Los pregoneros no solo vendían productos: vendían identidad, pertenencia, el sentimiento reconfortante de vivir en una comunidad donde cada voz tenía su lugar en la sinfonía urbana. Eran, en el sentido más profundo, los guardianes de una forma de vida donde el comercio era también arte, donde la necesidad se vestía de belleza y donde cada mañana comenzaba con una canción.


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