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Gastón Baquero: el cubano que se enamoró del otoño

 

Gastón Baquero:
el cubano que se enamoró del otoño

Un hombre que creció bajo un sol eterno, y que encontró en una estación que nunca conoció en Cuba el lugar más íntimo de su alma.

Letras & Memoria  Lectura de 5 minutos
Gastón Baquero: el cubano que se enamoró del otoño

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Hay cosas que no se explican con lógica. Una de ellas es esta: Gastón Baquero, nacido en Banes, Cuba, bajo un sol que no conoce la pausa ni la penumbra, se convirtió en uno de los mayores amantes del otoño que haya producido la literatura en español. No el otoño como concepto. El otoño como experiencia física, como olor, como color, como estado del alma. Un otoño que durante los primeros cuarenta y cinco años de su vida, simplemente no existió en su mundo.

Para entender esta historia hay que entender primero a Banes. Es un pueblo pequeño en el oriente de Cuba, donde el clima no cambia con las estaciones: hace calor, hace más calor, y luego vuelve a hacer calor. Los árboles no pierden sus hojas. El aire no se enfría de esa manera suave y dorada que describe la poesía europea. Baquero creció en ese paisaje, salió de la pobreza con libros en las manos, y se convirtió en uno de los intelectuales más brillantes de Cuba en los años cuarenta. Pero algo faltaba. Algo que no podía nombrar todavía.

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El otoño es así, no defrauda, no miente, no simula. El otoño es.

— Gastón Baquero, en Diario Arriba, Madrid, 1965

En 1959, tras el triunfo de la Revolución, Baquero abandonó Cuba. No fue un adiós tranquilo: fue un arranque, una ruptura. Llegó a Madrid con poco más que sus palabras y la memoria de una isla que ya no lo reconocería. España lo recibió con indiferencia, con pobreza, con años de silencio. Era un exiliado más en una ciudad que no lo conocía. Y fue precisamente en esa soledad donde encontró algo que cambiaría la forma en que escribiría para el resto de su vida: el otoño madrileño.

🍁 El secreto del otoño según Baquero
Una estación que le permitió respirar

En sus crónicas de los años sesenta, Baquero escribió sobre el otoño con una intensidad casi religiosa. Describió la estación como una especie de liberación: un espacio donde se podía vivir "sin precipitaciones, hablar reposadamente, contemplar sin prisas las maravillas del mundo". Para un hombre que había perdido su país, su círculo intelectual y su identidad pública, el otoño no era simplemente una estación del año. Era un lugar seguro dentro del tiempo.

Lo curioso es que Baquero no se llegó al otoño por accidente. Lo buscó. En sus lecturas, en sus influencias, en la música que lo acompañaba. Era admirador de Schumann, del músico romántico que escribió muchas de sus piezas más íntimas inspirado en esa estación. Era lector de Spengler, del filósofo que veía en el otoño una metáfora de la madurez de las civilizaciones. Baquero no inventó su amor por el otoño en Madrid; lo descubrió. Como alguien que leyó durante años sobre un lugar legendario y finalmente, un día, lo ve con sus propios ojos.

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En uno de sus ensayos más conocidos, «Anatomía del otoño», Baquero convirtió la estación en un ejercicio literario deslumbrante. No la trataba como un escenario poético genérico, como lo hacen muchos escritores. La disecó, la olió, la probó. Habló de las hojas, sí, pero también del olor a tierra mojada, de la sensación física en la piel, de los colores que cambian hora por hora. Era un hombre describiendo no un paisaje, sino una experiencia íntima, casi espiritual.

Y hay algo más profundo detrás de todo esto. Baquero vivió entre dos mundos durante casi cuatro décadas: Cuba y España, el pasado y el presente, la memoria y la realidad. El otoño fue, de todas las estaciones, la única que no pertenecía a ninguno de esos dos mundos por completo. No existía en Cuba, y en España era compartida con todos. Era, en cierta forma, neutral. Era un territorio donde Gastón Baquero podía ser simplemente Gastón Baquero, sin ser el exiliado, sin ser el cubano perdido, sin ser la figura que la revolución había borrado.

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El otoño provoca deseos de obedecer la solemne llamada de las pantuflas.

— Gastón Baquero, en sus crónicas de Madrid

Sus poemas del exilio están llenos de otoño. No como imagen decorativa, sino como estado de ser. En uno de ellos, los arboles que pierden sus hojas no representan la muerte sino algo más cercano a la honestidad: la idea de que no tiene sentido fingir ser lo que ya no eres. Para Baquero, que vivió tanto de su vida fingiendo, adaptándose, sobreviviendo, esa imagen tenía un peso que iba mucho más allá de la metáfora.

Gastón Baquero falleció en Madrid el 15 de mayo de 1997, justo cuando la primavera ya había llegado. Tenía ochenta y tres años. Dejó detrás una obra que durante décadas fue casi desconocida, tanto en Cuba como en España. Pero sus crónicas, sus ensayos, sus poemas sobre el otoño, siguen siendo una de las expresiones más hermosas que existan sobre lo que significa encontrar belleza en un lugar que, desde el punto de vista geográfico, nunca fue tu hogar. El otoño no fue solo una estación para Baquero. Fue la primera cosa que le pertenezca completamente a él.

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¿Quieres leer más de Baquero?

Sus crónicas sobre el otoño y otros temas están recogidas en Geografía literaria (1945–1996), editado por Alberto Díaz-Díaz y publicado por Huerga y Fierro Editores en 2007. Es el libro más cercano al Baquero de carne y hueso.

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